El Tiempo Salamanca / Matacan

08 agosto 2006

LA ENFERMEDAD DEL TIEMPO

“Melancolía:Calle donde vivo, enfermedad incurable, territorio donde crecen las más hermosas canciones,los versos más exquisitos,mejor que la tristeza, mejor que la alegría, cerradura de la llave de los sueños,hombro donde apoyar la cabeza, lágrima furtiva,patria de don nadie, casa del viudo, río de los que no saben nadar, [...]”
Joaquín Sabina“Yo y mis palabras” Magazine El Mundo (27/10/2002)

Desde los tiempos de Platón y Aristóteles el concepto de melancolía se ha forjado como un tópico bipolar, es decir, entendido, por un lado, como enfermedad o locura clínica en su consideración negativa y, por otro lado, considerada como un don intelectual o locura creativa que privilegia la creación y la capacidad del ingenio. En esta doble consideración, positiva y negativa, de la melancolía reside el juego de significaciones y de valores que a lo largo de la historia ha venido recibiendo este carácter o este sentimiento, una ambivalencia que, según el espíritu de cada momento se ha decantado más hacia un lado o hacia otro, pero que irremediablemente siempre ha aparecido con estos dos extremos.
Si analizamos buena parte de la obra de Joaquín Ramón Martínez Sabina, rastreando los versos que expresan un sentimiento melancólico, observamos como descuella esta ambivalencia atávica. En muchas de sus canciones, y sobre todo en “Calle Melancolía”, podemos observar como el engarce de estos dos valores permiten ensanchar nuestra interpretación y relacionarla con el sistema de tópicos establecido en épocas anteriores, lo cual nos lleva a afirmar la amplitud y la esencialidad del espacio significativo sobre el cual se asienta la obra, ya que consiste en la reinstalación creativa de una tradición cultural que ahora se nos devuelve actualizada. De esta manera, en “Calle Melancolía” reaparecen muchos de los tópicos negativos que, desde la Antigüedad, han sido atribuidos al sentimiento o al estado psíquico mel- alcohólico. En primer lugar, el yo poético se presenta en la primera estrofa bajo un estado anormal o enfermizo, una especie de angustiosa búsqueda infructuosa. El poeta deambula por la ciudad arrobado por un estado melancólico, esa “yegua sombría”:
“Como quien viaja a lomos de una yegua sombríapor la ciudad camino no preguntéis a dónde,busco acaso un encuentro que me ilumine el díay no hallo más que puertas que niegan lo que esconden”
También hay elementos en estos versos iniciales que nos muestran como esa actitud vesánica no se corresponde con un estado de euforia o plenitud, ni es una derivación o una especie de furor platónico: imaginativo y productivo, como luego veremos que puede interpretarse en el estribillo, sino que es algo “sombrío”, sin dirección, sin finalidad, algo que tiene sus raíces en la noche y que no tiene futuro, es la búsqueda sin esperanzas: “busco acaso un encuentro que me ilumine el día” y luego, la respuesta acorde con esa desesperanza: “y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden”.
Esto nos lleva a fijarnos en uno de los temas más recurrentes en las composiciones de Sabina, como es el hastío y la ausencia de alicientes de sus personajes, encarnado en lo simbólico: “el hombre del traje gris”, que vive cosechando fracasos, asistido por la desidia y arrastrando la insufrible monotonía de una vida en blanco y negro, metafóricamente expresado en el robo del mes de abril. De ese “traje gris”, metáfora de una vida ordenada y previsible, (tomada de la película de 1956 protagonizada por Gregory Peck) es de los “antihéroes” de muchas de las canciones y el propio yo del poeta intentan huir adoptando diversas y muy variadas actitudes que, por lo general, están recriminadas socialmente (la huida de compromisos y obligaciones, la promiscuidad sexual, el consumo de drogas y alcohol, la marginalidad, etc.). Experiencias sin duda de salida metafísica que se explican ante la sensación de coquetear inevitablemente con la muerte. Esa huida es la que se preconiza entre otras, en la canción “Contigo”:
“Yo no quiero un amor civilizado con recibos y escena de sofá,yo no quiero que viajes al pasadoy vuelvas del mercadocon ganas de llorar [...]
En otros ejemplos nos encontramos continuamente ante una actitud de “pasotismo” o incluso de trasgresión de las normas socialmente instituidas:
“Cuando era más joven, cambiaba de nombre en cada aduana,cambiaba de casa, cambiaba de oficio, cambiaba de amor,mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana,cuando era más joven, buscaba el placer engañando al dolor”
Pero volviendo a la desesperanza, la tristeza, el pensamiento y la cultura de la Edad Media se inclinan siempre hacia la consideración negativa del estado melancólico por lo que éste se vio principalmente como un desorden físico y la Iglesia lo condenó como una enfermedad. Esta es otra de las consideraciones a las que tradicionalmente ha dado lugar el estudio de la melancolía, entendiéndose como demencia o enfermedad psíquica, consideración que ya aparecía en los tratados más antiguos sobre medicina y que ha ido adoptando diferentes modulaciones según la época en que ha sido tratada: acedía, tedio, esplín, aburrimiento, melancolía, depresión, etc. Desde este punto de vista, podemos entender que el personaje de la canción “Calle Melancolía” se halla abatido por uno de estos tipos de dolencia. En los últimos versos de la canción, después de hacer un recorrido por sus aflicciones (enloquecido, fatigado), por sus manías (“ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama”), sus fantasmas (“me enfado con las sombras que pueblan los pasillos”, “trepo por tu recuerdo como una enredadera”), culmina con una especie de autodiagnóstico: “soy / esa absurda epidemia que sufren las aceras”.
A medida que avanzaba la canción, el dinamismo que muestra el protagonista es enfermizo puesto que, como ocurriera en la actitud desequilibrada de Don Quijote, ese viaje por la ciudad “a lomos de una yegua sombría” es una búsqueda sin resultados, en la que sólo halla espejismos o imágenes espectrales que se vuelven contra el propio sujeto poético: “puertas que niegan lo que esconden”, chimeneas que “vierten su vómito de humo”, “sombras que pueblan los pasillos”. El resultado de esas andanzas aparece en los versos de la quinta estrofa en la que se resuelve que esos pasos sombríos y esa búsqueda enloquecida conducen a ninguna parte:
“Como quien viaja a bordo de un barco enloquecidoque viene de la noche y va a ninguna parte, [...]”
Como en las andanzas de Don Quijote, encontramos un profundo contraste entre los anhelos del yo poético y los elementos que realmente le rodean. Por un lado, aparecen imágenes de aspiración hacia la idealidad: “busco acaso un encuentro que me ilumine el día”, “un cielo cada vez más lejano y más alto” y, por otro lado, estas pretensiones se concretan en una realidad anodina y gris: “desolado paisaje de antenas y de cables”, “luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo, / ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama”.
Al igual que El Quijote, el protagonista de “Calle Melancolía” presenta un desajuste entre la realidad observada y la fantasía, la fantasía es ese “campo que estará verde” donde “debe ser primavera” y sin embargo, se encuentra ante “un tren interminable” y “un paisaje de antenas y de cables”. Por supuesto, como le ocurre al personaje de Cervantes esto le lleva a una actitud amarga, una melancolía llena de acritud y pronta a los ímpetus agresivos “me enfado con las sombras que pueblan los pasillos”, que acechan como los molinos de Don Quijote. Hay tres características de la enfermedad del melancólico, tal y como se entendía en la época de Cervantes, que aparecen referidas en esta canción: locura, ansiedad y angustia. Cuando Sancho conversa con Alonso Quijano en su lecho de muerte le dice llorando “ay, no se muera vuesa merced sino que tome mi consejo y viva muchos años porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir”. El Quijote acaba con la muerte del personaje, Sabina convierte toda esa angustia en melodía, en ese estribillo salvador que es producto de la toma de conciencia de sí mismo y de la propia aceptación:
“Vivo en el número siete, calle Melancolía,quiero mudarme hace años al barrio de la alegría,pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía,en la escalera me siento a silbar mi melodía”
Otra de las posibilidades de interpretación que nos ofrece la canción “Calle Melancolía” es establecer la relación de ese sentimiento o estado melancólico como consecuencia de los sufrimientos o de las aflicciones provocadas por el amor. En el Renacimiento, se revitaliza la teoría de la melancolía recuperando a Aristóteles y a Platón y relacionándola con el tópico del amor. La melancolía renacentista se materializa en el constante recuerdo de la amada y la rememoración de una felicidad perdida. En esta poesía amorosa, cuyos representantes principales en nuestra tradición Gracilazo de la Vega, la amada es la eterna ausente. En la canción “Calle Melancolía” encontramos varios versos en los que el autor nos ofrece los aspectos que caracterizan a este tipo de poesía. Por un lado, aparece la pérdida de la amada, “así mis pies descienden la cuesta del olvido / fatigados de tanto andar sin encontrarte”, y, por otro lado, el constante recuerdo de la amada que invade toda la existencia del poeta, “trepo por tu recuerdo como una enredadera”, y, finalmente, la consagración del poeta a la rememoración de una felicidad perdida, “y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama”.
La pérdida de la amistad, entendida como forma de amor y el paso inapelable del tiempo, es el prisma principal sobre los vértices icónicos del cantautor, en mi opinión es uno de los temas más recurrentes para Sabina que se maneja bien en la crónica del desamor y en las afecciones del corazón. Una de las canciones más bellas escritas al recuerdo de la amada es “Incluso en estos tiempos, o donde habita el olvido, o jugar por jugar, o resumiendo… En incluso en estos tiempos Sabina nos muestra la contradicción entre la inestabilidad, la trivialidad y la incontinencia del modo de vida actual y la permanencia del recuerdo y del dolor provocado por la ausencia. Gracias a la posibilidad de detenerse en ese recuerdo el yo poético encuentra una paz y un disfrute no acorde con el vertiginoso discurrir de la vida cotidiana:
“Incluso en estos tiempos,veloces como un Cadillac sin frenos,todos los días tienen un minutoen que cierro los ojos y disfrutoechándote de menos”

Este es uno de los puntos fuertes de la obra de Sabina, el real torcedor que a través del retrato del tiempo le hace escapar a él. Encontramos en estos versos la idea garcilasiana del deleite en el llanto por la felicidad perdida. Recurso utilizado por Luis Cernuda y sobre todo Luis Buñuel. El poeta, cerrando los ojos a ese mundo que le rodea, es feliz gracias al recuerdo. Pero a medida que avanza la canción ese llanto va subiendo de tono, haciéndose cada vez más enervado. El poeta expresa cómo ese amor perdido se constituye en lo más valioso:
“Incluso en estos tiempos,en los que soy feliz de otra manera,todos los días tienen ese instanteen que me jugaría la primaverapor tenerte delante”

Si en el Renacimiento lo que predomina es esa idea del amor y de la naturaleza como sublimación de la subjetividad del poeta, en el Barroco esa plenitud se convierte en desengaño y pesimismo y se asocia a la frustración del hombre como individuo y al fracaso de la sociedad en general. El Barroco expresa la conciencia de una crisis, visible en los agudos contrastes sociales, el hambre, la guerra y la miseria. De la misma forma, España en los años 80, años en los que se publica el disco que recoge la canción “Calle Melancolía”, se caracteriza por ser “una sociedad marcada por el paro, la desesperanza, el miedo atómico, la frustración laboral y académica, el absentismo, el terrorismo,... junto con unas ganas de vivir a toda prisa, cierta euforia cultural, la confianza en las instituciones democráticas; y todo ello cifrando su hipotética salvación en un individualismo abrumador”. Posiblemente la canción en que el tono pesimista se hace más agrio y la desesperación es más insondable es “Siete crisantemos”. En ella vuelve a aparecer el fracaso del hombre pero si en “Calle Melancolía” el sujeto poético se veía “como quien viaja a bordo de un barco enloquecido / que viene de la noche y va a ninguna parte”, ahora en “Siete crisantemos”, aquella noche se convierte en el vacío, en la ausencia de horizontes y la amnesia se ofrece como única solución de defensa:
[..] Se me ha olvidado ya el lugar de donde vengo,y puede que no exista el sitio a donde voy”
En ella se reiteran muchos de los elementos que hemos señalado en apartados anteriores y que configuran ese fracaso y esa desgana vital: la falta de fe en ideales humanísticos o sociales, la pérdida de la naturaleza, también lo podemos encontrar en Arenas movedizas:
“En tiempos tan oscuros nacen falsos profetasy muchas golondrinas huyen de la ciudad,el asesino sabe más de amor que el poetay el cielo cada vez está más lejos del mar”
Observando otras canciones de Sabina, podemos descubrir cómo la melancolía aparece como algo positivo. En “Más de cien mentiras” enumera más de cien motivos en su apariencia nimios o sin un valor trascendente, “más de cien mentiras” por las que merece la pena vivir. Esta larga letanía le fue inspirada por el final de la película Manhattan de Woody Allen, en el que también se enumeran una serie de razones para seguir viviendo. Aparece entre estos motivos “el mal de la melancolía”, que se constituye así con su doble valor: por un lado, como mal o enfermedad y, por otro lado, como terapia contra la desesperación.
“Tenemos memoria, tenemos amigos,tenemos los trenes, la risa, los bares,tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,tenemos moteles, garitos, altares.[...]
Tenemos el mal de la melancolía,la sed y la rabia, el ruido y las nueces,tenemos el agua y, dos veces al día,el santo milagro del pan y los peces. [..]
“Mas de cien palabras, más de cien motivospara no cortarse de un tajo las venas,más de cien pupilas donde vernos vivos,más de cien mentiras que valen la pena”
¿Cuál es el icono de la melancolía en Sabina? Fundamentalmente está reflejado en dos imágenes. Para mi, está en la portada del disco Mentiras piadosas, (donde el máximo exponente lo encontramos en la canción con la frente marchita), pero también la encontramos en la portada del su cancionero Con buena letra (2002). En ambas la mirada de Sabina idéntica, pero en el libro, la mirada adopta una postura idéntica a la esbozada por Durero: la cabeza apoyada en la mano izquierda y la mirada abstraída. Junto a él, aparece una máquina de escribir con el folio en blanco que se constituye en la iconografía elegida por Sabina para representar la creación e ilustrar sus “Obras completas”.
La enfermedad del recuerdo en Sabina, no tiene cura, es un piopá supurante, deprimente, adicto, especulativo, y pesimista. Un universo que no siempre salda las cuentas a pesar de Sabina.